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Espiritualidad
A decir verdad toda persona humana a la vez que vive unos hechos exteriores, que sirven para jalonar los años con que mide su existencia recorre también un camino interior, sin huellas visibles de su paso, pero con el que completa su círculo vital. Y tan interior e invisibles, incluso para el interesado, que a veces se muere sin reconocerlo y saber que lo ha hecho.
No es precisamente el caso de Teresa, que además de conocer con precisión sus etapas nos ha transmitido el relato que lo documenta. Y gracias a eso conocemos no sólo las fechas señaladas de su vida y los acontecimientos exteriores sino también su propio itinerario espiritual.
Itinerario que comienza en su hogar, guiada por los ejemplos y la piedad sincera y sencilla de sus padres, que fundamentan toda su vida, con lo que ella llamó la “verdad de cuando niña”, que no es otra que el descubrimiento lo fugaz y relativo de esta vida, frente a lo trascendente y eterno de Dios.
Algo que le moverá a buscar el martirio ingenuamente, huyendo de casa, o a construir ermitas, en el huerto paterno, mientras repite con su hermano machaconamente aquello de “Para siempre, siempre, siempre”. Movimiento que culmina con el recurso a la Virgen pidiéndole sea su madre, cuando muere Doña Beatriz.
Luego vendrá un tiempo de enfriamiento espiritual, absorbida por el afán de complacer y aún deslumbrar con sus dotes femeninas a sus primos, del que sale, a la fuerza y de mala gana de mano de su padre que la ingresa en las Agustinas.
Será allí, cuando ya cuenta 17 años, donde renazca “la verdad de cuando niña”, y su primera inquietud vocacional, al contacto con las religiosas. Inquietud que aviva con la lectura de libros piadosos y entre ellos las cartas de san Jerónimo, llevándole a su decisión de entrar carmelita en la Encarnación de Ávila, donde vivirá feliz 27 años. Primero llenos de fervor, tras el ingreso y la profesión y de ejemplaridad en el padecer en que desemboca la primera enfermedad seria de la que queda tullida por tres años.
Y si bien al cabo de los mismos recupera la salud por instancias a San José, inicia a la vez un período de cierta flojedad espiritual, en el que quiere compatibilizar su entrega a la oración, amistad con el Señor, que llega a abandonar, con el cultivo de las amistades.
La lectura de las Confesiones de san Agustín y el encuentro inesperado con una imagen de Cristo, en la Cuaresma de 1554, propiciarán lo que conocemos como su conversión y entrega, ya sin retrocesos a una vida espiritual intensísima, incentivada por diferentes gracias místicas, visiones imaginarias, intelectuales, y locuciones con que el Señor la regala e instruye, mientras recurre a los doctos y espirituales que le ayudan a clarificar su camino.
Una de esas visiones, será en el otoño de 1560, la visión del infierno, en el que experimenta los padecimientos del sitio que hubiera correspondido a sus pecados de no convertirse. Gracia que le motiva el querer ser más fiel al “llamamiento” recibido a la vida religiosa, del que arranca la creación de un convento con nuevo estilo de servir a Dios, y vivir la fraternidad, qué será el convento de San José.
La hondura espiritual con que vive en aquellos cinco años de sosiego, entregada a la contemplación, hacen crecer hasta límites insospechados sus ansias de ayudar a la Iglesia y de salvar almas, y como la oración ha de desembocar en obras, se lanza a crear nuevos Monasterios, según el patrón del conventito de Ávila.
Un paréntesis en esta tarea que le impone la obediencia en el priorato de la Encarnación, y bajo la guía de fray Juan de la Cruz, facilitan el momento cumbre de su vida espiritual recibiendo la gracia suprema del matrimonio Espiritual, que corona siempre el camino espiritual de quien se entregan de verdad y del todo a Dios, según enseña la propia santa en su obra cumbre e Las Moradas o Castillo Interior.